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¿Por qué Estados Unidos le teme a Cuba?

El 20 de mayo de 2026, el Día de la Independencia de Cuba, el Secretario de
Estado Marco Rubio transmitió un mensaje en español al pueblo cubano
llamándolo a construir una “nueva Cuba”. El mismo día, el Departamento de
Justicia presentaba cargos formales contra Raúl Castro por el derribo de
aviones civiles en 1996. No fue una coincidencia: fue la expresión de una
obsesión que lleva más de seis décadas definiendo la política exterior
estadounidense en el hemisferio.

Retrato en blanco y negro de hombre con gafas, bigote y camisa de cuadros, apoyando la barbilla en su mano

La pregunta obvia es la siguiente: ¿por qué la potencia militar y económica
más grande del planeta dedica tantos recursos, tanto tiempo y tanta energía
política a destruir a un país isleño de 11 millones de habitantes, sin
petróleo como Venezuela o Irán, sin minerales estratégicos como los países
africanos, sin un canal como Panamá? La respuesta no está en la geografía
económica. Está en la geografía del poder.

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El miedo al ejemplo, no a los recursos

Washington nunca le ha temido a Cuba por lo que tiene. Le teme por lo que
demuestra. En 1959, un país del tercer mundo, a 90 millas de Florida, expulsa
a sus dominadores, nacionaliza sus industrias y construye un Estado soberano.
Para la doctrina imperial, ese hecho es inadmisible no por su tamaño, sino por
su ejemplaridad.

El politólogo James Petras lo sintetizó con precisión: el sistema imperial no
puede tolerar ejemplos exitosos de alternativa, porque cada ejemplo exitoso es
una invitación a la imitación. Si Cuba puede sobrevivir al bloqueo durante más
de seis décadas, cualquier nación del Sur Global puede plantearse la pregunta:
¿por qué no nosotros?

El “efecto demostración” opera en dirección inversa a la que Washington
desearía. No es Cuba quien amenaza militarmente a Estados Unidos. Es Cuba
quien amenaza ideológicamente al sistema de dependencia que sustenta la
hegemonía estadounidense en la región.

La Doctrina Monroe y la grieta inadmisible

La Doctrina Monroe, formulada en 1823, estableció que América Latina es la
zona exclusiva de influencia de Estados Unidos. Desde entonces, esa doctrina
no ha sido abandonada, ha sido actualizada. Rex Tillerson, Secretario de
Estado del primer gobierno Trump, lo declaró sin rodeos durante su gira
latinoamericana en 2018: la Doctrina Monroe es “tan relevante hoy como el día
en que fue escrita”.

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Cuba representa, desde 1959, una grieta estructural en ese sistema. No una
grieta marginal: una grieta en el corazón del Caribe, a 90 millas del
territorio continental estadounidense. Para la lógica monroísta, permitir que
esa grieta subsista es señal de debilidad imperial. No tolerar la existencia
de Cuba soberana no es una posición de Trump ni de Rubio: es la posición
estructural del Estado imperial, que trasciende administraciones y partidos.

Ningún presidente estadounidense ha abandonado el objetivo del cambio de
régimen en Cuba. Ni siquiera Obama, cuyo “deshielo” de 2014 fue, como los
documentos internos lo confirman, una táctica diferente para el mismo fin
estratégico.

Bahía de Cochinos: la herida que no cierra

Hay una dimensión que los análisis convencionales subestiman: la humillación
institucional. En abril de 1961, la CIA organizó una invasión mercenaria en
Bahía de Cochinos. En 72 horas, el ejército cubano la derrotó completamente.
Fue la primera derrota militar directa de Estados Unidos en el hemisferio
occidental en el siglo XX.

Las instituciones del poder imperial no olvidan ni perdonan ese tipo de
derrota. Genera lo que los teóricos de las relaciones internacionales llaman
“deuda de reputación”: la sensación de que la hegemonía queda cuestionada
mientras la derrota no sea revertida. Seis décadas después, Cuba sigue en pie.
La deuda, desde la perspectiva imperial, sigue sin saldarse.

El factor doméstico: Rubio y el bloque cubano-americano

No puede ignorarse el factor político interno. La comunidad cubano-americana
en Miami, Florida, estado bisagra electoral, ha secuestrado históricamente la
política exterior estadounidense hacia Cuba. Marco Rubio es su producto
político más acabado: hijo del exilio, arquitecto de la política de máxima
presión, y hoy Secretario de Estado con más poder sobre Cuba que cualquier
funcionario en la historia reciente.

Lo que hace particularmente peligrosa la situación actual es que Rubio no
actúa solo como representante de una comunidad: actúa como el cerebro de una
estrategia regional que, tras la captura de Nicolás Maduro en enero de 2026,
ha colocado a Cuba en la mira directa. Reportes de Drop Site News publicados
en febrero de 2026 sugirieron que Rubio podría estar tergiversando
deliberadamente la política de la administración Trump para avanzar su propia
agenda de cambio de régimen, incluso ante el propio presidente.

El bloqueo energético como arma de guerra

La política actual ha alcanzado un nivel de agresividad sin precedentes en
décadas. Tras el corte de los suministros venezolanos de petróleo en enero de
2026, Cuba entró en su peor crisis energética en la historia moderna. Para
mayo de 2026, el ministro de energía cubano declaró que la isla había agotado
completamente sus reservas de diésel y fuel oil. Los apagones llegaron a 22
horas diarias en buena parte del país.

Rubio, en su mensaje del 20 de mayo, atribuyó esa crisis exclusivamente a la
mala gestión del gobierno cubano. PolitiFact, tras verificar los hechos,
otorgó a esa afirmación una calificación de “medio verdad”: si bien hay
algunos problemas en la gestión energética cubana, el bloqueo estadounidense
sobre el petróleo ha agravado decisivamente la situación. Omitir ese factor no
es imprecisión: es propaganda.

El objetivo declarado es explícito. Según personas familiarizadas con los
planes internos de la administración, citándose en Politico: “La energía es el
estrangulamiento para matar al régimen”. Y la caída del gobierno cubano es
considerada, en esos círculos, un “evento de 2026”.

La dignidad como amenaza estratégica

La clave interpretativa última es esta: para el sistema imperial, la dignidad
de un pueblo pequeño es más peligrosa que los recursos de un país grande. Un
país rico pero subordinado es funcional al Imperio. Un país pobre pero
soberano es una amenaza existencial a su lógica.

Cuba no tiene petróleo como Venezuela. No tiene oro como Mali o la República
Democrática del Congo. No tiene un canal como Panamá. Tiene algo más
subversivo: tiene una historia de resistencia sostenida durante más de seis
décadas frente a la potencia más poderosa del planeta. Y esa historia, en sí
misma, es un programa político para cualquier pueblo del Sur que se pregunte
si la soberanía es posible.

José Martí lo comprendió antes que nadie. En su carta a Manuel Mercado,
escrita la víspera de su muerte en 1895, advirtió que la independencia de Cuba
era indispensable para impedir que Estados Unidos se extendiera por las
Antillas y cayera con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América. Martí
no hablaba de Cuba sola: hablaba de Cuba como escudo de un continente.
Washington lo entendió también. Y por eso, 131 años después, sigue sin
perdonarla.

El Imperio no teme lo que Cuba tiene. Teme lo que Cuba es

La obsesión de Washington con Cuba no es irracional desde su propia lógica: es
coherente. Un sistema de dominación hemisférica no puede permitir que exista,
a 90 millas de su frontera, una nación que le dice no y sobrevive. Cada año
que Cuba resiste, esa resistencia se convierte en argumento. Cada apagón que
el pueblo cubano soporta sin renunciar a su soberanía, esa resistencia se
convierte en epopeya.

El verdadero recurso estratégico de Cuba no está bajo su tierra. Está en su
historia. Y eso, para el Imperio, es lo único que no se puede bloquear.

Por Felipe Lora Longo

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