Hace más de un año, durante una intervención en la plataforma de Colombia
Alcántara, advertí que era evidente que Santiago Matías, mejor conocido como
Alofoke, iba a convertirse en un “maldito lío” en las próximas elecciones. Las
críticas me llovieron.
Hoy, más de un año después, y tras el revuelo provocado por la noticia de que
el presidente del Partido Reformista Social Cristiano le habría ofrecido la
candidatura presidencial del partido colorao, han comenzado a aparecer
mediciones y estudios de sentimiento que colocan al autodenominado “Sultán de
Brunéi” con altos niveles de simpatía y buenos números de aceptación.
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A estas alturas, la discusión ya no es si yo tenía razón o no cuando dije que
Alofoke sería un “maldito lío”. La pregunta es otra: ¿De qué tamaño será ese
lío?
Lo digo de manera clara: Alofoke no tiene ninguna posibilidad de competir
seriamente por la Presidencia de la República Dominicana. Pero eso no
significa que sea electoralmente irrelevante, todo lo contrario. Aquí está la
diferencia que muchos no están entendiendo: Alofoke candidato y Alofoke
influencer son dos fenómenos políticos completamente distintos. Una
candidatura presidencial de Santiago Matías podría convertirse en uno de los
mayores fiascos de nuestra historia electoral reciente.
Alofoke, el influencer; Alofoke, el maestro del contenido chatarra; Alofoke,
el rey del contenido basura, posee una plataforma, una audiencia y una
capacidad de penetración suficientes para ayudar a uno de los candidatos de
los grandes partidos a ganar las próximas elecciones, pero Alofoke candidato,
ya sea por el Partido Reformista o por cualquier proyecto independiente, es
otra cosa. Y para entenderlo hay que mirar los números.
Imaginemos por un momento que el electorado dominicano es un gran pastel
dividido en 100 pedazos. De esos 100 pedazos, aproximadamente un 56% pertenece
al espacio político tradicional: ciudadanos con identificación partidaria,
simpatizantes recurrentes y electores vinculados, con diferentes grados de
intensidad, a los grandes partidos y sus coaliciones. Luego está el bloque:
abstenciónista, que conservadoramente esta en un 37%. 93% del pastel
electoral, en teoría, queda un 7%, y es precisamente aquí donde comienzan las
fantasías.
Porque algunos parecen asumir que ese enorme voto abstencionista representa
una reserva electoral esperando la aparición de Santiago Matías. Pensemos
seriamente en eso.
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Durante décadas, una parte importante del electorado dominicano decidió no
votar mientras en las boletas aparecían Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José
Francisco Peña Gómez, posiblemente las tres figuras políticas más
trascendentes de la democracia dominicana moderna. Ese abstencionista tampoco
fue movilizado completamente por Leonel Fernández, Hipólito Mejía, Danilo
Medina ni Luis Abinader, dirigentes que llegaron al poder, construyeron
grandes coaliciones y tuvieron a su disposición las estructuras políticas más
importantes del país.
¿La tesis es, entonces, que ese ciudadano que no salió a votar por Balaguer,
Bosch, Peña Gómez, Leonel, Hipólito, Danilo o Abinader estaba esperando a
Alofoke para finalmente salir de su casa Sencillamente, no. Eso no es análisis
electoral. Es una fantasía.
Por supuesto que Alofoke puede movilizar nuevos votantes. Puede llevar jóvenes
a las urnas, activar sectores desencantados y motivar a ciudadanos que no
participaron en uno o varios procesos anteriores, pero una cosa es producir
una movilización adicional y otra completamente distinta convertir el
abstencionismo estructural dominicano en una nueva mayoría política.El
abstencionista orgánico no es una reserva automática de votos para los
outsiders. Los candidatos antisistema que han llegado al poder en otros países
no lo hicieron solamente despertando abstencionistas. Ganaron penetrando el
electorado activo, rompiendo antiguas lealtades y quitándoles votos reales a
los partidos tradicionales. Ese sería también el desafío de Alofoke, y ahí es
donde los números comienzan a complicarse.
EL 7% QUE NO LE PERTENECE A NADIE
Si aceptamos el modelo del pastel electoral, queda un 7% teórico fuera de los
grandes bloques, pero ese 7% no pertenece a Alofoke, es el techo bruto de un
espacio compartido por independientes, jóvenes de primera participación,
electores blandos, ciudadanos temporalmente desencantados de los grandes
partidos y otras opciones minoritarias, y todavía existe otro problema: dentro
de ese universo aparece una importante cantidad de electores del exterior.
Sobre el papel, el voto exterior parece una mina de oro electoral, en la
práctica, históricamente ha sido un espejismo.
Una cosa es tener cientos de miles de ciudadanos elegibles para votar y otra
muy diferente convertirlos en votos depositados en las urnas, la participación
electoral de los dominicanos en el exterior ha sido históricamente baja. Y
pensar que se trata simplemente de personas esperando la aparición de un
candidato atractivo es una simplificación. Hay factores logísticos, distancia
de los centros de votación, desconexión progresiva con la política cotidiana
del país y procesos de transculturación, desculturación y aculturación propios
de la experiencia migratoria. Por eso no se puede sumar el padrón exterior
como si fuera una masa electoral disponible.
Una cosa son los electores potenciales, Otra son los votos reales.
Cuando se corrige ese factor, aquel 7% teórico comienza a reducirse
rápidamente. Y cuando, además, se entiende que Alofoke tendría que compartir
ese espacio con otras opciones políticas, independientes y minoritarias, el
techo vuelve a comprimirse. Por eso sostengo una conclusión que probablemente
muchos considerarán provocadora: No hay una ruta electoral razonable para
proyectar que Alofoke alcance el 4% de los votos en una elección presidencial.
Aunque algunas encuestas o estudios de sentimiento puedan sugerir lo
contrario. Una cosa es preguntar en redes sociales. Otra cosa es una elección
presidencial.
Una cosa es medir simpatía. Otra cosa es conseguir votos. Una cosa es tener
seguidores. Otra muy diferente es tener electores. Alofoke puede ser mucho más
poderoso apoyando a un candidato que convirtiéndose él mismo en candidato.
Mientras una parte de las élites dominicanas se burlaba de su contenido,
Santiago Matías construía distribución. Mientras lo criticaban, construía
audiencia. Mientras los partidos contrataban expertos para explicarles cómo
conectar con los jóvenes, él llevaba años hablando con ellos todos los días.
Sería un error negar ese poder, pero sería un error todavía mayor confundirlo
con capacidad para ganar la Presidencia. Alofoke candidato difícilmente
alcanza el 4%. Alofoke influencer puede ayudar a decidir quién alcanza el 50%
más uno.
Esa es la contradicción. Ese es el fenómeno, y ese es el verdadero maldito lío
que Santiago Matías representa para la política dominicana. Hace más de un año
advertí que Alofoke sería un “maldito lío” en las próximas elecciones. Hoy la
pregunta ya no es si lo será. La pregunta es de qué tamaño será ese lío,
contra quién será utilizado y quién tendrá la inteligencia política suficiente
para convertir su influencia en votos reales.
Por Jorge Lendeborg










