Desde el tres de enero del 2020, cuando ordenó asesinar a Qasem Soleimani,
jefe de la Guardia Republicana Iraní, el presidente Donald Trump encabeza la
lista de personas para asesinar. El 28 de febrero del 2026, asesinaron al
ayatolá Ali Khamenei, aumentando las razones, entre iraníes para asesinar a
Trump, es una sentencia inapelable.
El miércoles pasado, después de una cumbre de la OTAN en Estambul, Turquía,
Trump cambió de avión, se rumoró una trama para asesinarlo. El jueves
enterraron al ayatolá Khamenei, el domingo, misteriosamente, murió el senador
Lindsey Graham, quien apoyaba y promovía todas las guerras.
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Sabemos que Irán quiere asesinar a Trump, que internamente hubo varios
atentados para matarlo desde la campaña electoral. Con enemigos internos y
externos buscando su cabeza, sobran razones para que el Servicio Secreto (la
guardia presidencial) y Trump esten preocupados, sus temores están bien
justificados.
La versión official, que Graham murió de un “ataque cardíaco”, invita a una
inferencia absolutamente improbable, porque sugiere cosas imposibles: que
Graham tenía corazón, nadie cree eso.
En el Senado, Graham, siempre abogó por la destrucción de Irán, y apoyó todas
las aventuras guerreristas de Washington. Su muerte crea un vacío legislativo
y político que Trump no podrá llenar, quizá es el inicio de una mala racha
trumpista.
Graham impulsaba muchas de las iniciativas legislativas de Trump.
La indefinición de la guerra, la incertidumbre en torno a si el estrecho de
Ormuz está abierto o cerrado, le enturbian el agua a Trump. Ocurre unos 100
días antes de las cruciales elecciones de noviembre, si Trump pierde, será el
fin de su carrera política.
El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu le habría pedido a Trump un
acuerdo de paz, se agotan sus municiones. Él inició la guerra, y pide
terminarla, porque nada salió como esperaba.
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“Lindsey Graham, el senator anti-iraní, se fue al infierno”, dijo la
television iraní.
Washington no está ganando la guerra de Irán, y la prueba es que no declara
victoria, al contrario, Trump tiene múltiples preocupaciones.
Por J.C. Malone










